Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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lunes, 30 de marzo de 2009

La Sevilla de las sombras



Los dos se despertaron y se destaparon al unísono, se miraron desperezándose, con la confianza y la pureza que dan los siglos. Eran la diez de la noche en Sevilla, en el patio de aquella casa señorial del barrio de Santa cruz se iban instalando las sombras y la perfumada calidez de los primeros días de junio. Por su balcón interior ya se escuchaban los primeros pasos que daban la bienvenida a la luna y a los gatos. La mansión estaba completa, sus cuatro habitaciones disponibles ocupadas por seis inquilinos, casi todos, viejos conocidos de los dueños que volvían cada vez que echaban de menos cierta forma de entender la vida, el arte, y el tiempo. Poco a poco fueron descendiendo y acomodándose en las mecedoras del patio, junto a la fuente de cinco chorros de elegantes y antiguos azulejos cartujanos.
Era un ritual ineludible, tenían tantas historias que contar, en sus miradas crepusculares se acumulaban tantas soledades eternas como bellezas efímeras.
Jesús y Gabriel, los anfitriones, eran siempre los últimos en incorporarse. Era la primera velada de esta temporada, y aunque sus reuniones eran más bien austeras y espirituales, para esta noche habían preparado un pequeño acto de bienvenida.
Yo vivía en el ático del edificio de enfrente, los conocía, se podría decir que casi éramos amigos, era la única relación que les permitían con seres, digamos que normales. Ellos eran responsables de mi discreción, y de ello dependía que su sociedad —tan hermética y estricta— no los condenara sin titubear a la inexistencia, era la única forma que encontraron —ante el caos y la depravación en que se había convertido su supervivencia, aproximadamente hace un siglo— para perdurar de una forma digna.

viernes, 27 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVII)



Ahí estaba yo, espatarrado en el sofá, formando —totalmente hipnotizado— remolinos en el pelo del occipucio con mis dedos, como buscando entre sus raíces la memoria de cada palabra, de cada gesto, del significado que fuimos, compartidos. Tan satisfecho de casi nada. Como un adolescente imberbe que relame surrealistas expectativas en la busca del hedonismo eterno. Me pregunto cuál será el resorte que falla cuando la sangre irrumpe eufórica en cada órgano sin el tamiz de la sensatez. No podía ser sólo su belleza —a estas alturas no podía permitirme tal grado de frivolidad— pero no había nada más rotundamente cierto en ella que yo conociera. Era la desconocida más perfecta que hubiese podido imaginar si hubiera gozado del valor para afrontar la decepción de no tener la más mínima posibilidad de poseerla.
Ella había arrasado todas mis expectativas superándolas vertiginosamente con sólo su presencia y esa expresión mezcla de todo lo que no se ve, y uno anhela. Sin proponérselo suspendió mi futuro. Esa noche me conformé con ser una pieza de puzzle en manos de su incierto destino. No era un iluso, sabía que María no estaba pasando por un buen momento, la causa y la gravedad eran lo de menos, lo más importante a partir de ahora era lograr ayudarla a superarlo, aunque en aquel momento sólo le pareciera un incordio en forma de insecto, nadie podría evitar que considerase aquella tarea como el único camino directo a mi salvación.
Desperté sobresaltado, como si alguien me lo exigiese, tenía un vago recuerdo sobre un extraño sueño donde la gente podía elegir morir para nacer de nuevo, tantas veces como quisiera. No había una articulación que no me estuviera recriminando el haberme quedado dormido en el sofá, como posando para un cuadro de Picasso. Un sueño paranoico más, me dije, como intentado no involucrar a la realidad pura que era hasta entonces para mí, María…

lunes, 23 de marzo de 2009

El milagro



Volvamos a ser milagro; apoteosis
bíblica; el mayor alarde evolutivo
que haya logrado sorprender a Dios
o a cualquiera de sus homólogos,
o en su defecto, a vos.

Cuando una legión de caracoles
buscaron tu asilo acuático y
germinativo. Y parieron sanguijuelas
vampiras que planearon extasiadas
entre emancipadas palpitaciones.
Y en su frenesí se hicieron capullo
a tus pies, eclosionando en mangosta
sublimada bajo el fúnebre influjo
del baile con tus vellos, alertas
como sugestivas cobras escupidoras.
Bajo el auspicio de tu sangre creció
hasta lobo, que como a sus
moribundos, te regurgitó los mejores
manjares, afrodisíacas panaceas,
y fuentes de saliva amniótica.
derramándonos caímos infartados,
como peces dando coletazos al aire.

Volvamos a ser milagro. Yo empiezo.

jueves, 19 de marzo de 2009

La pareja



–Y puedo saber desde cuando lo tenías decidido.
–Eso que importancia tiene ahora, además no lo sé, no se trata de cuando sino del por qué. No puedo más, y volver a analizar todos los motivos nunca nos ha reportado nada positivo, más bien al contrario.
–Yo juraría que me tocaba elegir a mí
–Aunque así fuese me trae sin cuidado. Sabes que con el paso del tiempo he ido coleccionando toda clase de fobias y tensiones. No soporto la sangre, ni el miedo agónico, ni ese humor soterráneo e irónico que siempre culmina exasperando a alguien. Reconozco que antes podía soportarlo, pero ahora no estoy dispuesta a alimentar con ambrosías a mis neuras y a mis fantasmas.
–Tú dirás qué hacemos ahora, sabiendo la ilusión que me hacía has esperado hasta el último momento para decapitarla.
–Yo no tengo la culpa de que todo lo que te apasiona, a mí me ponga enferma, jamás te dí esperanzas. No decir no, no significa sí, es estar cansada de jurarte que lo paso mal y de que tú no me creas. Hay muchas opciones, elije la que quieras, sólo te pido que pueda dormir tranquila esta noche.
–Ahórrame otra decepción y dime antes cuáles son las que descartas, o mejor lo olvidamos y ya lo intentaremos cuando coincidamos en alguna.

Y en el sofá —con la tele en voz baja, como si fuese una caña de pescar— ella relee a Austen y él sigue insultando a Kafka.

lunes, 16 de marzo de 2009

Espacio reservado




ESPACIO RESERVADO PARA LA ENTRADA DEL DÍA 16/03/09





P.D.: En estos últimos días no he tenido la posibilidad de escribir. Puntualizo, en el breve período de tiempo útil del que he dispuesto, no he pensado en nada que fuese digno de narrar y compartir con vosotros. Miento, no he podido provocarme la constancia necesaria para desarrollar y profundizar sobre las escasas ideas de las que he disfrutado en este lapso tan somero de momentos libres. Desde el infierno —por fulero reincidente— me atrevería a aclarar que más bien no he trazado palabra alguna porque ni el tiempo, ni las ideas, y menos aún la voluntad, han tenido a bien congeniar en mí como yo deseaba. De hecho aquí os dejo la prueba.

jueves, 12 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVI)



Pero pase, aún he de curarle esa mano, y no me diga que no es nada, o que usted, perdón, tú misma vas a poder desinfectarla, entre otras cosas porque en la habitación no hay botiquín. Y seguro que en su maleta la ropa sólo deja sitio para un pequeño neceser repleto de pinturas y cremas, nada recomendables para tratar heridas.
Fue la primera vez que toqué su mano, que noté sobre mi piel receptiva —como una flor carnívora— una parte de su inefable cuerpo. En esos minutos se concentraron y me recorrieron más sensaciones agradables por segundo que en cualquier otro momento de mi pasado. Pude respirar del aire seco que desalojaban sus pulmones cuando algún que otro roce del algodón le hacía daño. Oí el sonido de su cabello acomodándose en su cabeza después de enredarse en el viento de nuestro prometedor paseo. Y en su mano sentía el latir de su tristeza, que adopté de inmediato para intentar que la sobrellevara de una forma más difuminada. Supe desnudar su perfume hasta que sólo quedó su olor de Alhambra en primavera.
–Creo que ya puede valer, me ha desinfectado la herida, quitado la pintura de uñas, y desde que era una niña no me había visto la piel tan rosada y fina como me la has dejado ahora. Si sigues dos minutos más acabaré borracha como una cuba.
–Ahora le pondré unas tiritas y mañana como nueva. ¿Le duele? ¿Le doy un analgésico?
–Sí por favor, lo peor que me podría pasar es que el dolor no me dejara conciliar el sueño. La verdad es que ahora mismo no siento los dedos, será por efecto del alcohol. Muchas gracias, me voy a mi habitación, estoy rendida. Buenas noches.
Buenas noches le deseé, y esperé que se alejara lo suficiente por la escalera para acabar la frase anónimamente diciendo: querida. Tuve la imperiosa necesidad de anunciar al mundo —fuese o no lógico, pueril, básico, o instinto prescindible— que la quería, y me sonrojaría reconocer hasta qué punto...

lunes, 9 de marzo de 2009

Hay poemas...



Hay poemas que son jeroglíficos;
simples como un beso; con
la suavidad del semen; igual de
ásperos que el orgullo; la mayoría
aspiran con ánimo de indultado a
ser verídicos; con el ímpetu de la
savia de abril; adictivos como la
gula del poderoso; Qué os voy
a contar de los apocalípticos;
de los fanáticos; de los que le
hablan a Dios; de los que nunca
obtienen respuesta; de los
abandonados en cajones sin
ventanas; grandiosos como el mar;
perfectos como una gota.
Hay versos que forman poemas
más allá de las palabras; unos
hacen el aire entre los árboles;
otros paren el misterio en plena
oscuridad.


todos estos me los provocas menos este.
¿Qué será de lo escrito si no aspira a
consumarte, no se nutre de tu cuerpo,
y ni siquiera recuerdo —entre tu boca—
que existe?

jueves, 5 de marzo de 2009

El secreto



Os voy a contar un secreto:
Érase una vez un secreto tan ortodoxo que sólo yo lo padecía, y eso era lo único que lo diferenciaba de la inexistencia. ¡Cuántas veces nos hemos ataviado elegantes de misterio con tan sólo insinuarnos, y alardeado de interesantes entreabriendo la soledad que nos presentó a ambos! Todo para compensar tanto remordimiento; tanto pánico a un estrepitoso e incomprendido ridículo; a la responsabilidad de ascender a conocimiento sin que Dios ni la ciencia nos avalen.
Tengo un secreto que quizá os cuente, cada vez que escribo sopesándolo doy un paso adelante y dos en oblicuo, y conformo un zigzag de osadía y conformismo tan arduo como ligero. Y a veces me paro, otras retrocedo, incluso me adelanto y luego me espero, y siempre termino diciendo algo parecido a esto:
Tengo un secreto que puede que en otro momento os revele, cuando estemos seguros de poder afrontar con entereza tanto una condena como una reverencia. Cuando sincronicemos objetivos y repercusiones.

lunes, 2 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XV)



¡Por fin una muestra de consideración! Una frase liberada de la influencia de la rabia y el infortunio. Aunque un espasmo en sus cejas cada vez que se tocaba el dedo dañado, aún ponía en duda la absoluta imparcialidad de las palabras que, más que dirigirme, me lanzaba.
­–Su reacción está sobradamente justificada, me atrevería a decir incluso que ha sido bastante benévola, aunque le garantizo que en ningún momento he tenido la intención de molestarla…
–Lo sé, por eso deberíamos zanjar de una vez por todas esta espiral de lamentaciones, ya está bien de disculpas, pedir perdón no sirve de nada cuando todo el mundo sabe que el daño no se ha hecho a posta. ¿Sabe usted dónde se puede comer bien por aquí?
–Si no quiere oír de nuevo una de mis insufribles disculpas tendrá que darme la oportunidad de resarcirme de una vez por todas invitándola a almorzar, y no sólo eso, para que el entierro de mi remordimiento sea perpetuo deberá aceptar mi ofrecimiento sin hacerse de rogar.
Ella —no sabría decir si por cansancio, por hambre, o por otro motivo más sutil que mi inteligencia— me atrevería a decir que asintió aliviada si no fuese por todo ese lastre pretérito que colgaba de cada uno de sus gestos, y que jalonaba siempre con éxito todos sus pasos.
–De acuerdo, dígame a qué hora suele comer usted.
–Tutéeme por favor, en este pueblo tan pequeño sólo se trata de usted al médico, y más que por respeto diría que es por miedo a promover una cierta falta de interés de éste como represalia a una confianza que obvia tanta diferencia de conocimientos y de prestigio...

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