Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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jueves, 24 de junio de 2010

Te quiero

Lo hago —¿No sé si podríamos asumir cuánto?—,
aunque tratar de transcribirlo sería
aún más frustrante que confesártelo.
Tanto, que mucho me temo que,
pretender revelar el por qué
conllevaría reconocer la infinitud
existente entre la voluntad de ser
amado, y serlo.
Así que sólo aspiro a promover
tu fe en los milagros para que, apelando
a cierta predisposición de lo divino al sacrificio,
puedas presagiarlo padeciéndome.

viernes, 18 de junio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (II)

 
Decide echar los cacahuetes, almendras y avellanas dentro del botellín de cerveza, a modo de cubitos de hielo que, de nuevo, se olvidó de preparar. Su decadencia está a punto de ceder el sitio a la desesperación cuando, por una falta de previsión imperdonable, los frutos secos obstruyen en el cuello de la botella la impetuosa salida de la cerveza hacia su alquitranada boca, y la miseria que logra esquivar el dique lo hace, si cabe, aún más caliente y con sabor a rancio. Con una decisión de apariencia irreprimible hizo el ademán de tirar el botellín de cerveza contra la parte de la casa donde pudiese ocasionar más daño —un comportamiento muy común que intenta, hundiéndose voluntariamente aún más en la mierda, despertar la compasión de los ajenos y el arrepentimiento de los seres queridos, por la influencia con la que hayan podido contribuir a su infortunio. Al final tuvo los segundos suficientes para darse cuenta de que estaba sólo, y que la auto compasión constante ya era suficientemente denigrante para infundir la compasión de algún ser superior, sin tener que recoger, encima, todo el destrozo que provocaría estrellando su pena en la fragilidad de su entorno.
Recostado en el sofá, haciendo todo lo posible para no pensar en nada que le concierna y además le importe, logra detener su atención en un documental sobre células madre. Se pregunta qué sentido tiene querer alargar una vida de la que desperdicia la mayoría del tiempo. Y si mañana, por agradables circunstancias, no pensara así, por qué esa posibilidad de la que ha disfrutado varias veces, y padecido después, no le influye ahora ni un ápice.

miércoles, 9 de junio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza



Una vez más, después de abrir la puerta de su casa —como cada tarde al regresar del trabajo—, Víctor no baraja la posibilidad de renunciar a cruzar el umbral. Supongo que, si algún día su subconsciente tuviese a bien aconsejarle, con esa forma subliminal ascendiente a cobarde que acostumbra, una medida drástica para combatir su lineal existencia, no sería justo pasada la peor parte de la jornada —aunque fuese precisamente en esa fase del día cuando más justificado sería deparar en tal oportunidad— : cuando el guerrero del asfalto termina su batalla contra el resto de su propio ejército y se dispone a consumir su dosis de entretenimiento y a desahogarse con una sarta de improperios hacia toda clase de seres y objetos, todo ello para justificar su mala suerte. Asqueado de todo y de todos —incluido él mismo y el que presumía que iría siendo—, lanza las llaves sobre una especie de gran plato romano —estilo elegido por su ex mujer para decorar todo el salón, uno de los aseos, donde finalmente se detuvo gracias a la falta de presupuesto. Esa fue la única vez que Víctor se alegró de su insolvencia—, por el que apenas rozan, aterrizando sobre la sufrida mesa central, haciéndole una nueva mueca con la que se va tallando la imagen perfecta de su frustración. Sin apetito y sin sed abre el frigorífico, se queda mirando fijamente a lo que diez mil años antes serían sus presas. Lo peor que puedes hacer cuando no sabes por qué has abierto un congelador es, preguntártelo. Así que cierra la puerta con un gesto de desgana. Mientras se dirige al sofá recuerda que sin ingerir nada casi no vale la pena seguir matándose fumando, así que da media vuelta y coge unos frutos secos congelados de la nevera y una cerveza tibia de un solitario anaquel de la alacena...

miércoles, 2 de junio de 2010

La fe


Ya sé que esta vida es, para quienes
ser, siempre es una expectativa incierta,
una evocadora espera de sombras añejas.
Sin embargo, cuando le cantas y sonríe,
lo meces sonriendo, me busca y sonreímos,
y al gesto y al sonido de una mueca
improvisada,
sonreís.
Todo queda supeditado al compás de la
efervescente ingravidez de la que dota al mundo,
y nos suspende.
Es una prorrogación, una segunda oportunidad
para creerme, para la
fe.

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